La historia del centésimo mono

Como pasar de la conciencia individual a la grupal

En 1952, en la isla de Koshima, algunos científicos comenzaron a suministrar batatas a los monos del lugar, dejándolas caer sobre la playa.

A los monos les gustaban mucho esos alimentos pero daban muestra de desagrado, cuando debían comerlos enarenados. Había aparecido algo que combatir: la arena.

Una pequeña mona de 18 meses, llamada Imo, descubrió que podía resolver el problema lavando las batatas con agua del mar. Enseñó luego ese recurso a su madre y a sus compañeros de juego, los que luego transmitieron el conocimiento a sus familias.
Esta innovación cultural fue gradualmente aprendida por otros monos del grupo y entre 1952 y 1958, todos los jóvenes se plegaron a esta nueva forma de alimentarse.

Los adultos que imitaron a sus hijos asimilaron este conocimiento, pero quedaron otros que por no cambiar continuaron, aún molestos, comiendo batatas sucias.

Pero poco a poco, cada vez más monos incorporaron esta nueva forma de alimentación, hasta que de repente, se produjo un cambio sorprendente.

En la mañana de un día X, a los monos que venían alimentándose de la nueva manera, se les agregó uno más, simbólicamente, el número cien. El atardecer de aquel día, encontró a casi todos los miembros de la tribu limpiando las batatas antes de comerlas, como si el quantum de energía que agrego el mono número cien, de alguna manera hubiera creado la condición para la apertura de una poderosa fuerza de cambio cultural.

Pero lo que más sorprendió a los científicos fue el hecho de que el hábito de lavar las batatas cruzó espontáneamente el mar, pues colonias de monos en otras islas, lo adoptaron inexplicablemente.

Esto nos muestra cuando un conocimiento se extiende por encima de cierto número crítico de seres, deja de pertenecer exclusivamente a un grupo, para expandirse rápidamente a la totalidad de los mismos.

Tú puedes ser el centésimo ser humano, que impulse al anhelo del Dr. Edward Bach en una carta que escribió en la etapa final de su vida, y dice así:

“Sería maravilloso construir una pequeña hermandad, sin rangos ni categorías, donde nadie fuera más o menos que los otros, para dedicar nuestras vidas a cumplimentar los siguientes principios:

1- Se nos ha deparado un sistema curativo sin precedentes en la memoria de la humanidad; con la simplicidad de estos remedios florales podemos tener la absoluta certeza de contar con sus maravillosas virtudes para vencer la enfermedad.

2- No criticar, ni condenar jamás los pensamientos, las opiniones o las ideas de los demás, recordando siempre que todos los seres humanos somos criaturas de Dios, y cada uno de nosotros recorre su camino hacia la Gloria del divino Padre.

3- Llevamos en nuestra mano diestra, como los caballeros del pasado, las armas para vencer al “dragón del miedo”, sabiendo que nunca deberemos pronunciar una palabra de desaliento, sino que, por el contrario, debemos llevar esperanza y sobre todo seguridad, a aquellos que sufren.

4- Jamás debemos dejarnos llevar por los éxitos o las adulaciones que podamos encontrar en nuestra misión, recordando siempre que no somos otra cosa que los mensajeros del “gran poder”.

5- Cuanto más profundicemos en la confianza de quienes nos rodean, mejor podremos influenciarles nuestra convicción de que todos nosotros somos solamente agentes de la Divinidad, enviados para socorrerlos en sus necesidades.

6- A medida que los enfermos mejoren, debemos explicarles que las hierbas de los campos, que son las que nos están curando, son dones de la naturaleza: que son dones de Dios. De esta forma, lograremos que crean nuevamente en el Amor, la Misericordia, la Compasión y la Fuerza del Más Alto.

Edward Bach – 26 de Octubre de 1936

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